La sociedad nos enseña que amar es poseer. Nos impone sustantivos con los que a mucho orgullo llamamos al otro, mío. Mi pareja, mi hijo, mi amigo… Sin darnos cuenta, vamos creando apegos en función de nuestra falsa creencia de que un título nos da el derecho de propiedad sobre alguien.
Mientras más nos lo creemos, más fácil se nos hace repartir culpas cuando no se cumple lo que esperamos de esa persona. Por ejemplo, queremos que nuestro hijo estudie una carrera que tenga salida, que nuestro novio le dedique tiempo a la relación o que nuestro amigo nos acompañe en cada aventura. Inconscientemente y guiados por nuestro ego, vamos creando expectativas que nada tienen que ver con la otra persona. “Si mi pareja no sale conmigo es un egoísta. Si mi hijo me dedica tiempo, no le importo”

¡CAMBIEMOS EL FOCO!
Dejemos de exigir disculpas a la gente por hacernos daño, no hay nada que perdonarles. El otro no nos hace daño, en cambio, perdonémonos por cederles nuestro poder sobre nosotros.
“El amor no reclama la posesión, pero da libertad”
Aprendamos a trascender el amor mas allá de la posesión. Porque cuando se ama, no hacen falta sustantivos. Amemos sin condiciones ni expectativas.