Convivo con una doñita de 84 años. De las que se levanta viendo la tele, pasa el día viendo la tele y se acuesta viendo la tele aunque al siguiente día no recuerde bien lo que vio. Come lo que le da la gana, hace 30 minutos de bicicleta diarios y ha perdido la cuenta de cuantas veces repite las cosas. Camina lento y aunque le gustaría salir a diario, no tiene las fuerzas ni la memoria para andar sola. Tampoco escucha bien, no entiende a la mitad de las personas que le llaman por teléfono. A pesar de su mala memoria, no olvida recordarme cada noche que ponga la tele.
No entiende mucho la situación de pandemia por la que estamos pasando y últimamente, solo piensa en cuando se puede ir a la playa, ya tiene el trae de baño listo. Ha llegado el verano y para los que amamos la playa, no hay edad que nos haga dejar de sentir la emoción de recibir el verano y la brisa con olor a sal.
“A los mas viejos, se les ve tan tranquilos, por que saben que todo es tan relativo”
Mientras más tiempo paso a su lado, más valoro la juventud. El hecho de poder escuchar con claridad, de poder revivir momentos en mi mente, tener la capacidad de correr, saltar y la libertad de andar por la vida sin perderme.
¿Qué estamos haciendo con este tiempo tan valioso llamado juventud?
Al final del camino todos viviremos de recuerdos si nos alcanza la memoria o volveremos a ser tan inocentes como un bebé. Probablemente olvidemos todo lo insignificante que hoy nos causa tanta preocupación. Así que, dejemos de perturbarnos cargando el peso del futuro y sus incertidumbres. Vivamos, que la juventud no vuelve.

