Serte infiel.

Cuidado, que la empatía y la tolerancia te lleve a serte infiel, a permitir lo que no te hace bien o a sacrificar tus ideales… antes de serle fiel a alguien, debemos sernos fieles a nosotros.  

La delgada línea entre la empatía, la tolerancia y lo que permitimos. 

Ser empáticos es ponerte en el lugar de la otra persona. Ser tolerante es aceptar a los demás tal cual son, sin juzgarlos. 

Claro que para relacionarnos es necesario ponernos en los zapatos del otro, entender su constructo social y el entorno en el que se ha formado, esto nos ayuda a aceptarlo. También, nos ayuda a reducir las decepciones reconociendo que nuestras expectativas se basan en nuestro propio constructo social y experiencias individuales, desde aprendizajes y perspectivas diferentes a las del otro. 

Por lo que, para ser empáticos y tolerantes es necesario entender quién es el otro y de dónde viene, sin juzgar sus actos como buenos o malos, porque al final esta haciendo lo que ha aprendido a hacer según sus experiencias. 

“Saber identificar que me gritas porque es como estas acostumbrado/a a comunicarte no significa que voy a permitir que me grites a mi.”

La aceptación y la tolerancia no significan que permitiremos lo que no queremos independientemente de que lo entendamos. 

Hay cuestiones que simplemente no queremos en nuestra vida y es precisamente a eso a lo que debemos serle fiel. 

“Ponernos primero a veces es necesario para salvarnos”

Así que, mucho ojo, andemos despiertos, aceptémonos y seámonos fieles a nosotros, a nuestros ideales, a lo que queremos, lo no que queremos y lo que nos hace bien por encima de todo.

Que nuestras decisiones tengan coherencia con lo que pensamos, sentimos y hacemos por encima de lo mucho que entendamos al otro…entendámonos primero. 

Lo que llevas en tu mochila cuando viajas es el peso de tus miedos.

¿Cómo lo haces? ¿No llevas ropa extra? ¿Vas a repetir outfits? ¿Los zapatos que llevas te combinan con todo? ¿Te cabe el secador de pelo? ¿Y si surge algún plan y no llevas el outfit perfecto para la foto? Y si… 

Estas son algunas de las cuestiones que jamás pasan por mi mente cuando digo que prefiero viajar con una mochila, pero que mucha gente me pregunta.

“La idea del minimalismo no es quedarte sin taza, si no dejar espacio para la taza que tanto te inspira” 

En mi viaje por la vida quiero cargar una mochila liviana, llena de confianza, seguridad y energía.

La confianza para poder fluir y soltar. Sabiendo que en la vida lo que necesitemos lo tendremos, aunque no sea lo que queramos, siempre será lo necesario para evolucionar, crecer y acercarnos a nuestro propósito. Siendo así, ¿Porqué no vivir confiado? La seguridad de que todo obra para bien, entendiendo que Dios no nos pone situaciones imposibles en el camino, tenemos lo justo y necesario para poder enfrentar lo que nos pase porque si no, no nos estuviese pasando. 

“La verdadera seguridad no esta relacionada con nuestras situaciones externas” 

Por último la energía necesaria para tener consciencia de nuestros pensamientos, alejándonos del miedo que en ocasiones generamos con ellos, siendo conscientes de que los mismos afectarán el resto de nuestra energía. 

Este viaje por la vida, me ha ayudado a entender que solo nos necesitamos a nosotros mismos, que todo lo llevamos dentro. El despegarnos de cosas materiales, de personas que no suman y aprender a vivir con lo necesario es liberador. Y es que, pasamos la vida rodeados de tanta gente, de tantas cosas, menos de nosotros. De momento, llega el día en que no tenemos nada y nos damos cuenta de que es perfecto, porque nos tenemos a nosotros y es suficiente.

Adiós al miedo a perderlo todo, mientras no te pierdas a ti. 

Y tú, ¿qué quieres llevar a en tu mochila? 

LAS LLAVES

¿Alguna vez les ha pasado que sienten que la vida les repite situaciones como si llevasen con ustedes la mala suerte? 

Hubo un tiempo en el que sentía que se me repetían las situaciones muchísimo, como si tuviese una maldición. 

Por ejemplo, las llaves. Se me quedaban dentro del carro, encerradas en la casa e incluso, después de llegar al estacionamiento del trabajo, me daba cuenta de que había dejado las llaves en la oficina. Yo le llamaba “la maldición de las llaves”. Era tan impresionante que llegue a terminar durmiendo en un motel por haber dejado las llaves dentro de la casa una madrugada.  

En otra ocasión, llegué de un largo día de trabajo y cuando fui a abrir la casa, adivinen que pasó… Resulta que había dejado las llaves encerradas dentro del carro, esa vez tuve tanto coraje que rompí la ventana con mis manos para lograr entrar. 

Era como si la “mala suerte” me acompañara.

También me pasaba con el desodorante, lo olvidaba frecuentemente, sonará una tontería pero vivir en el trópico y olvidar el desodorante es cosa seria. Tenía que parar en cualquier gasolinera a comprar uno casi a diario. Para luego olvidarlo en el carro, por lo que terminaban derretidos el 90% del tiempo, era algo fuera de lo normal. Recuerdo que era mesera y olvidaba el delantal, los zapatos y los bolis era como si mi memoria no sirviera. De igual manera se me repetían los accidentes en la carretera, he tenido tres carros y los tres los he chocado, uno de ellos perdida total.

Estos son solo algunas anécdotas de las muchas que recuerdo. Me preguntaba el porque y no encontraba otra respuesta que no fuese por que estaba loca. 

Se nos va la vida pensando…

Pero no, como muchos, tenía un problema para concentrarme en el presente. Siempre estaba pensando en que era lo próximo, ¿Qué había que hacer? ¿Qué me faltaba por planificar? ¿que no había hecho? ¿Qué había olvidado? ¿Alguien necesitará mi ayuda? Mi mente no paraba, era un constante y, ¿ahora qué?  Y, ¿qué cuando termine lo que estoy haciendo? ¿Cuándo será mi próximo viaje? ¿Qué me falta por aprender? ¿Cuál era la siguiente meta? 

También, me aburría con muchísima facilidad de todo, de las personas, de los trabajos, de las salidas. Me aburría hasta de la comida, siempre quería probar algo diferente. ¿Por qué comer lo mismo si puedes comer algo mejor? Siempre estaba pensando que todo podía ser mejor, por más bien que fuesen las cosas. Terminaba exhausta y con mucha ansiedad. Mi mente no me permitía estar en el presente, disfrutar de lo cotidiano y simplemente estar. 

Luego de identificar que no sabía estar en el presente y leer mil cuentos sobre ello, estuve intentando poner en practica ejercicios de presencia. Les confieso que no duraba ni 10 minutos sin pensar en comer, llamar a alguien, poner Netflix, ver las redes sociales, leer, tomarme una copa, etc. Me esforzaba muchísimo en concentrarme, pero mi mente solo quería ir a otra parte. 

Desde que comencé a ser consciente del ego, me he percatado del miedo inconsciente que tenía de encontrarme a solas conmigo sin la necesidad de alguna influencia externa. Poco a poco he descubierto la felicidad y la paz del bien-estar, sin tener nada, sin hacer nada y sin preocuparme por nada y ocupándome del presente. Y, aunque a veces caigo en el juego de la mente, disfruto del proceso mientras aprendo a gestionarme. Ya no pierdo las llaves, no se me olvida el desodorante y disfruto la comida aunque coma lo mismo toda la semana… 

La felicidad viene de nuestro interior.

Tanto afán y al final no hay persona, materia, diploma o trabajo que nos de paz y felicidad, ambas habitan en nosotros. Solo hace falta conocernos, aceptarnos y ser.